Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela.
Antes de morir, le reveló su secreto: -La uva -le susurró- está hecha de vino.
Marcela Pérez-Silva me lo contó, y yo pensé: Si la uva está hecha de vino, quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Estimado Mundo que siempre estás ahí quejándote de todo:
Mi nombre es Anita y tengo 24 años. Vivo en José Mármol, Gran Buenos Aires pero tanto por trabajo como por la facultad a diario viajo para Capital, no es de extrañar que en mi mente se fusionen la esquina de Mitre y Chayter, con la de Mitre y Avenida de Mayo. Vos ¿cómo estás?
Si bien muchas veces parezco protestona o bastante mala onda, quiero que sepas que el descargo que quiero hacer nace desde lo más profundo, pacífico y racional de mi ser, no son momentos de calentura en los cuales digo un par de puteadas y pasa. No. Esto nace de horas y horas de reflexión, de viajes en tren y caminatas por la calle.
Hasta hace unas semanas estaba en boca de muchos, en las páginas de los diarios, en un sinfín de portales y ni hablar de en la televisión el episodio Rial VS los hombres bebe cerveza que agredieron a sus hijas en la puerta de un supermercado chino y les dijeron guarangadas. Dicho episodio desencadenó en un confuso acto de violencia, trompadas, alguien mencionó cuchillos y según fuentes no oficiales, un wookiee indocumentado habría descendido del espacio para mediar en tan peligrosa situación.
Como ya quedó claro, por todos lados circuló esta noticia, panelistas mujeres de distintos programas de tv y radio contaron sus experiencias, panelistas hombres volvieron a decir que no les saquen el piropo, que no es malo. Otra vez volvimos a ver (aunque inconcluso porque acá se edita lo que no sirve) el video “Pará. Hombre caminando por la calle.” que muestra una situación inversa donde un pibe va caminando y chicas lo van piropeando, con cosas normales desde qué lindo hasta cómo lo destrozarían en la cama. Y si tienen tiempo, lean los comentarios de quienes pasaron a ver el video. (http://www.youtube.com/watch?v=Xua-XZfEttQ)
Hoy, 29 de noviembre, ya casi nadie recuerda lo que le dijeron a las hijas de no sé quién, no me acuerdo dónde, ni si el wookiee apareció o no. La parte graciosa es que el hecho de que no sea público no significa que no siga pasando.
Es por eso Mundo, que me tomo el atrevimiento de tranasmitir esto a todos, amiguitas, amiguitos, chaboncitas, chaboncitos: El calor llegó y tengo derecho a usar musculosa, a ir a trabajar con vestido, a viajar en tren como se me cante y a evitar que gente se acerque hasta menos de un metro de distancia para susurrar pelotudeces. Al parecer somos responsables de lo que nos dicen por cómo nos vestimos, pero hasta donde yo recuerdo no le digo nada a los tipos que andan en musculosa o en cuero por la calle, no grito cuando pasan con shorts, y nadie los molesta si se ponen una remera un poco ajustada.
Imbéciles nunca nos faltarán, no hay que ir mucho para atrás para encontrarnos con los dichos del canadiense Michael Sanguinetti con los que nació “La Marcha de las Putas”. Mi único pedido es que entre todos nos respetemos más, no sólo es dejar cruzar a los peatones, no tirar basura en lo del vecino o los bocinazos innecesarios. Respetar es que caminemos por la calle libres y sin medio. Respetar es que se acuerden de nosotras, más allá de cuando el tema está de moda.
Y por las dudas aviso, no es que me olvide que existen ni necesito que me lo recuerden constantemente: Sí, tengo tetas. Yo como el resto de las mujeres. Como tu mamá, tu hermana, tu novia y tu abuela. Así que la próxima, haceles el honor de “piropealas” a ellas.
Esta es mi queja Mundo, espero no te moleste. No quería caer en el común protestón, pero a veces me dejo llevar.
Nos estamos viendo,
anita.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
El secreto que Eitán me hizo revelar
Yo quería que muriera. Sé que puede sonar horrible, insensible y bastante malintencionado, pero realmente quería que muriera. Y sí, lloré ¿cómo no hacerlo? Pero lo hice con la consciencia tranquila, porque en el fondo por más que no lo parezca, no soy una mala persona.
Llegué, un poco corriendo un poco cayéndome a su habitación, la ventana redonda la hacía única. Fue un momento simplemente lo que me costó decidirme. Ella debía morir, no podía haber más alternativas, no podía seguir permitiéndole ser así.
Me miró, reconociéndome. Le costaba hablar pero tenía la fuerza suficiente para decirnos lo que quería y lo que le pasaba adentro en ese momento.
Sus ojos hablaron antes que su voz.
“Me duele el corazón”, murmuró.
El mundo se derrumbó.
Preferí llorar antes que verla llorar.
Debía morir.
lunes, 15 de octubre de 2012
veinticuatro.
En veinticuatro días de internación aprendí a agradecer los pequeños gestos, las miradas tiernas y de comprensión.
En veinticuatro días de internación aprendí a reconocer a aquellos que hablaban desde arriba de un pedestal, provisorio, hasta que llegara el superior y se fueran con el rabo entre las piernas.
En veinticuatro días de internación descubrí que los acomodos existen, incluso cuando de riesgos de vida se trata.
En veinticuatro días de internación me mostraron las peores caras de la medicina. Por suerte, algunos pudieron reivindicarse.
En veinticuatro días de internación, Lu tuvo que frenar a un enfermero que iba a inyectarle un anticoagulante, el cual habían prohibido unas horas antes.
En veinticuatro días de internación vi a médicos seguirle el voleo a Abuela, cual si fueran sus nietos.
En veinticuatro días de internación vi a una enfermera hablarnos con ojos vidriosos.
En veinticuatro días de internación la movieron de habitación innecesariamente entre cuatro y cinco veces. Mientras que “a la mamá de alguien” la dejaron quietita, e incluso la otra cama casi siempre estaba vacía.
En veinticuatro días de internación fueron capaces de decirme en la cara que no anotaron cosas en la historia clínica, porque fueron “órdenes verbales”.
En veinticuatro días de internación la prepararon, se la llevaron a quirófano y le pusieron una sonda para devolverla a la habitación porque “se enteraron que no había camas en unidad coronaria”.
En veinticuatro días de internación supimos que los pacientes de algunos doctores consiguen las prótesis de cadera más rápido que los de otros.
En veinticuatro días de internación la hicieron dormir cuatro.
En veinticuatro días de internación nos dijeron que no viviría dos días más quizás, y en menos de dos horas que no era tan grave, que estaba bien.
En veinticuatro días de internación hablaron de riesgo de muerte por una cirugía frente a una paciente asustada, que ya conocía sus riesgos y no necesitaba recordarlos.
En veinticuatro días de internación nos hicieron sentir ese disparo de burocracia que se pegó Favaloro, en el pecho de nosotros doce.
En veinticuatro días de internación descubrí que las abuelas durmientes, al igual que Aurora se despiertan con un beso, que incluso dormidas pueden decir “hasta mañana si Dios quiere”, y que cuando ya no queda nada, pueden reírse de una nariz de payaso.
Veinticuatro días de internación, eternos. Veinticuatro años de compartir, irremplazables.
jueves, 11 de octubre de 2012
Microhistorias de Ciudad
jueves, 7 de junio de 2012
Declaración de Guerra: A quienes perdonan sólo por la condición de muerto.
miércoles, 18 de abril de 2012
Nin R.I.P.
lunes, 30 de enero de 2012
Teoría y práctica de los abrazos I
Según tengo entendido, no es necesario haber terminado el colegio, ni mucho menos estudiar una carrera universitaria. Se supone que es algo natural, adquirido casi al nacer, no es un don (aunque a algunos nos cueste) ni requiere de un manual de instrucciones.
Casi me animo a decir que no es posible equivocarse o fallar. Cuando aprendemos a andar en bicicleta, es muy factible que nos caigamos un par de veces. Sin embargo, creo imposible que eso nos suceda cuando aprendemos a abrazar (¿aprendemos o simplemente satisfacemos una necesidad?). Como les decía, no consideraría al abrazo una ciencia, aunque por qué no, sí un arte.
Podríamos enumerar sus pasos de la siguiente manera:
1) Estar a una distancia considerable de la susodicha/o a abrazar.
2) Separar los brazos del costado del cuerpo.
3) Elevarlos en dirección al ya mencionado susodicho/a.
4) Rodear a la persona en cuestión, puede ser a la altura del cuello, pecho o cintura.
5) Atraer el cuerpo hacia el de uno mismo.
6) Ejercer cierta presión.
7) Reposar unos minutos en esa posición.
Hay quienes finalizan los mismos con besos (cuello, mejilla, boca), palmadas (odiosas) o distanciándose para mirar a los ojos por unos instantes (a veces esto se acompaña con un apretón de manos).
Claramente, estos son sólo algunos de los métodos, ya que también puede uno recibir un abrazo sorpresivo por la espalda, o mientras duerme, estar sentado junto a alguien que extiende su brazo y lo envuelve y por qué no el abrazo garrapata, tan común en los niños pequeños hacia sus padres cuando estos parten rumbo al trabajo.
Ahora bien, una vez expuesta mi teoría sobre los abrazos, me gustaría pasar a otra parte no menos importante, ya que se trata del otro 50% del abrazo, o como lo llamaremos “el abrazado”.
Luego de exhaustivas investigaciones teórico-prácticas pude determinar que hay varias clases de “abrazados”:
a) Devolvedores: Son aquellos que responden felizmente y con tal entusiasmo que se genera el conocido “abrazo de oso”.
b) Lo acepto, hasta ahí: Aquellos que aceptan el abrazo, y lo devuelven, pero sin mucha emoción (esto no es cuantitativamente proporcional al cariño, sino una cuestión de cuán arisco se es).
c) Los Palmadores: Se los conoce así a quienes cuya devolución se basa en un clap clap sobre la espalda, para luego bajar los brazos.
d) Yo ya me solté, y tu no, ¿por qué?: En este caso se trata de quienes se limitan a eso, a ser abrazados sin siquiera mover un músculo de su cuerpo, sin entender por qué están en esa incómoda situación mientras que el abrazador parece disfrutarlo.
e) Casi físicamente incapacitados, pero no emocionalmente: He aquí la especie más extraña de detectar, ya que podría confundirse a simple vista con el tipo “d” pero esconden una gran diferencia… Ellos sí quieren (y necesitan) ser abrazados, lo disfrutan debajo de su cara de nada, y muchas veces se sienten incapacitados de decir “¿me abrazás?” “gracias por el abrazo, lo necesitaba” e incluso de generar un abrazo por ellos mismos.
Teniendo en cuenta lo expuesto recién, creo necesario hacer una pequeña apreciación personal (por si les quedaban dudas, todo lo anterior fue científicamente probado)
La amiga de una amiga, a quien casi no veo ni conozco, y por cuestiones de ética llamaremos N.N. es una fiel representante de la clase “e” de abrazados. Si bien mantenemos cierta distancia, puedo asegurar que tiene sentimientos debajo de sus fríos modos, y que está en búsqueda de mejorar su condición, ya que muchas veces sólo consigue alejar a la gente cuando no es eso lo que busca. Me animo a decir incluso que agradece ampliamente cada abrazo recibido. Lo único que intento decir es que les tengan paciencia a los deformes del grupo “e”, no lo sé por experiencia personal, obvio, pero creo que lamentan su incapacidad.
Reitero, por si quedan dudas, es una apreciación personal esta última parte, y cualquier similitud con la realidad, es mera coincidencia.
Espero con este breve texto aclarar dudas sobre sus allegados, y que a partir de ahora puedan diferenciar a qué tipo de persona están abrazando. Yo por mi parte, seguiré practicando.
Saludos terrícolas,
nin.